L’etre en Área 623
Los domingos de mayo a las 20 hs. en Area 623 se presenta la obra L'etre de Elisa Bource y Carlos Almeida, bajo la dirección de Marina Cachan
L’etre - Ficha técnica
Intérprete: Elisa Bource
Coreografía: Marina Cachan
Realización de vestuario: Lucia Romao
Idea: Elisa Bource - Carlos Almeida
Dirección: Marina Cachan
Una coreografía existencial, una ontología en movimiento, un eterno retorno. Así se suceden las cosas en el escenario. Limpia y transparente se presenta la escena. Un túmulo prehistórico, un hormiguero, un nido o un amontonamiento de algo color carne. No sabemos qué es pero capta nuestra atención, algo va a salir de ahí.
Son muchas las imágenes que se disparan en la mente al ver el trabajo de la bailarina. Al principio pensé en los insectos y las metamorfosis, un capullo de donde emerge algo diferente, una lucha por romper el cascarón, apenas asoma una mano, no, no es una mano, es un pie, y luego otro, no no es un pie es una mano. Algo parece que quiere nacer.
Otras partes del cuerpo (¿o son varios cuerpos?) asoman o parece que espían, tal vez sólo exploran, tampoco queda claro si son autónomas o responden a una unidad central. Ahora emerge una cabeza, cubierta con una membrana, vuelve la hipótesis del nacimiento. Ahora sí, vemos un cuerpo que se mueve con un ritmo orgánico (¿eso es acaso una redundancia?).
Tal vez la obra sea redundante y recursiva, ya por cierto mencionamos al eterno retorno. Ahora la bailarina vuelve y se guarda, capaz que entonces no es un capullo sino un hogar o mejor aún, un sueño. Al fin y al cabo los sueños nos transforman, si el orgasmo es la pequeña muerte, el sueño es la pequeña resurrección. Los sueños nos cambian, no es lo mismo despertarse de una pesadilla que de un sueño placentero.
Se observan movimientos debajo de la superficie. Algo se agita. Hay una corriente que circula y de la cual sólo vemos las señales superficiales (¿acaso no es eso lo que hacemos siempre que nos comunicamos con alguien?). De repente emerge y es otra vez la bailarina, se despliega su cabello en un lento despertar, 🎵soltate el pelo con wellapon soltate 🎵; hay asombro entre los espectadores, la función continúa sin prisa pero sin pausa, con virtuosismo y con vértigo.
Nos subimos con ella a la vigilia, un despertar cotidiano que es también una reafirmación de un ser y de un estar, de una ontología pero también de un devenir, de un azar o de una necesidad. Estamos y en esa deriva somos, claro en francés todo se sintetiza en un solo verbo, pero en español los separamos, nuestra lengua es fenomenológica por definición. Con la aurora el cuerpo se despereza, se quita la modorra y el ritmo invade la sala.
La independencia no es completa, algo ata a la bailarina a ese refugio informe. Siempre llevamos con nosotros ese lastre de un pasado que persiste y se niega a morir, de algún modo convivimos con él, podemos separarnos pero sabemos que siempre está, a veces acechando a veces protegiéndonos.
Al final todo vuelve a comenzar. Nuestra bailarina, nuestro alter ego (a esta altura de la obra) se enrolla en una espiral que parece comprender no sólo al refugio, al capullo, llamenle como quieran, sino a su propia historia. Nosotros también quedamos envueltos, envueltos en una sensación de complicidad, aunque en mi caso puntual no pueda mover con gracia ni siquiera un dedo. Allí reside la maravilla de la danza y en esta obra eso se aprecia de forma contundente.



